¿Está surgiendo en la Argentina una nueva dirigencia capaz de interpretar las transformaciones del país y proyectarlas hacia el futuro o asistimos simplemente a un recambio de quienes ejercen el poder? Ese interrogante articuló el webinar “Argentina: ¿Nueva dirigencia o solo gente que manda?”, realizado por el Instituto de Desarrollo Regional (IDR) en el marco del ciclo Desarrollo y Región, con la participación del politólogo y analista internacional Ignacio Labaqui y la moderación de Juan Carlos Venesia.
El título del encuentro recuperó deliberadamente la referencia a Los que mandan, la obra de José Luis de Imaz, para trasladar aquel interrogante sobre las élites argentinas a una realidad profundamente diferente. Una Argentina atravesada por la ruptura electoral de 2023, el debilitamiento de las identidades políticas tradicionales y una transformación económica y territorial que se desarrolla, además, en medio de un escenario internacional marcado por la digitalización, la inteligencia artificial, el incremento del riesgo global y lo que Venesia definió como un posible “cambio de era”.
Desde allí surgió el interrogante central: si frente a semejante transformación existe en la Argentina una dirigencia capaz de interpretar el nuevo tiempo y construir un proyecto de desarrollo o si, por el contrario, persiste una lógica basada fundamentalmente en la administración y el ejercicio del poder.
Una época de cuestionamiento a las élites
Labaqui partió de una distinción fundamental. Desde el retorno democrático existieron diferentes concepciones acerca de lo que debía ser la Argentina: el alfonsinismo, el menemismo, el kirchnerismo y, actualmente, el proyecto liberal-libertario asociado a Javier Milei formularon, con profundas diferencias entre sí, determinadas visiones de país.
Sin embargo, la existencia de personas que ocupan posiciones de conducción no equivale necesariamente a la conformación de una élite dirigente en un sentido más profundo. Para Labaqui, la época actual presenta además una particularidad: es un momento marcadamente antielitista, caracterizado por un cuestionamiento generalizado de las autoridades tradicionales.
Ese fenómeno no se limita a la política. También alcanza a la autoridad científica, los medios de comunicación y los mecanismos que históricamente organizaban la circulación de información. Las redes sociales democratizaron parcialmente ese proceso, pero también quebraron la intermediación que anteriormente ejercían instituciones y actores reconocidos.
En ese escenario aparece, además, una distancia entre aquello que discuten las minorías informadas —el denominado “círculo rojo”— y las preocupaciones que atraviesan a sectores más amplios de la sociedad.
Por eso, la renovación dirigencial presenta para Labaqui una imagen ambivalente. Existen nuevas figuras y nuevos legisladores, particularmente alrededor de La Libertad Avanza, pero buena parte de quienes integran actualmente el Gobierno provienen de experiencias políticas anteriores. Algo similar ocurre en la oposición, donde tampoco observa todavía una renovación profunda de nombres, ideas y liderazgos.
Un sistema político que volvió a romperse
Uno de los grandes ejes de la conversación fue la progresiva transformación del sistema de partidos argentino.
La crisis de 2001 significó un fuerte golpe para la representación política, aunque sus consecuencias fueron especialmente intensas sobre el espacio no peronista. Posteriormente surgió un esquema organizado alrededor de dos grandes coaliciones: por un lado, el espacio peronista que terminó expresándose en el Frente de Todos y luego en Unión por la Patria; por otro, Cambiemos y posteriormente Juntos por el Cambio, articulado alrededor del PRO, la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica.
La elección presidencial de 2023 volvió a alterar esa configuración.
El ascenso de Javier Milei y La Libertad Avanza abrió así una nueva etapa de reconfiguración partidaria cuyo resultado, según Labaqui, todavía permanece abierto. La ruptura es evidente; menos claro es cuál será el sistema que emergerá después de ella.
El fenómeno político se desarrolla, además, sobre una transformación material del país. Labaqui destacó el creciente peso de las provincias vinculadas con las exportaciones, la energía, la minería y el complejo agroindustrial. El eje cordillerano, la Ruta 40 y las provincias del centro adquieren una importancia diferente en una estructura económica que ya no coincide plenamente con aquella que sostuvo ciclos políticos anteriores.
Pero una modificación de la estructura socioeconómica no produce automáticamente una nueva coalición política.
Para Labaqui, todavía no aparece con claridad un movimiento nacional capaz de unificar políticamente esos sectores. Incluso cuando algunos de esos intereses encuentran formas de articulación en el Congreso, existe una distancia considerable entre esas coincidencias y la constitución de un nuevo bloque político estable.
2023 y el voto del desencanto
La elección de 2023 ocupó un lugar central en el análisis. Para Labaqui, allí confluyeron sectores sociales y electorales diferentes.
Por un lado, apareció un electorado que expresó un rechazo muy fuerte hacia la dirigencia tradicional. Pero el voto libertario no estuvo compuesto únicamente por sectores ideológicamente identificados con un Estado mínimo o históricamente alejados del peronismo y del radicalismo.
Milei también consiguió penetrar en segmentos de menores ingresos, con empleos precarios y pertenecientes a grandes conglomerados urbanos, sectores a los que tradicionalmente las fuerzas no peronistas habían encontrado dificultades para llegar. La experiencia de la pandemia, el deterioro económico y el desencanto con la última gestión peronista formaron parte del contexto en el cual se produjo ese desplazamiento.
A esa composición se sumó, en la segunda vuelta, una parte importante del electorado tradicionalmente no peronista.
La incógnita consiste ahora en determinar si esa convergencia electoral puede transformarse en una identidad política duradera.
Labaqui fue prudente. La continuidad de un espacio libertario con capacidad para sobrevivir a su fundador dependerá, entre otros factores, del resultado de la experiencia gubernamental y de su capacidad de organización. En movimientos fuertemente personalistas aparece inevitablemente el problema de la sucesión y de aquello que, recuperando a Max Weber, definió como la “rutinización del carisma”.
La permanencia, en definitiva, requiere algo más que un liderazgo.
La comparación con experiencias históricas permitió ilustrar esa dificultad. El peronismo construyó una identidad política que sobrevivió durante décadas a cambios de liderazgo, proscripciones, derrotas electorales y profundas modificaciones doctrinarias. En otros países de la región también existieron liderazgos inicialmente personalistas que consiguieron dejar organizaciones e identidades políticas duraderas.
La Libertad Avanza, en cambio, todavía atraviesa una experiencia demasiado reciente como para saber si podrá seguir ese camino.
El peronismo frente a su propia transformación
La conversación avanzó entonces hacia el otro gran interrogante de la política argentina: el futuro del peronismo.
Labaqui caracterizó su situación actual como una de las más complejas de su historia electoral desde el retorno democrático. A su juicio, el movimiento atraviesa una crisis de liderazgo que se remonta al final del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner y que todavía no logró resolver.
A ello se suma una tensión territorial entre el peso político del Área Metropolitana de Buenos Aires y las expresiones peronistas del resto del país.
Pero el problema no sería únicamente de nombres.
Para Labaqui existe también una crisis de renovación de ideas. Una de las características históricas del peronismo fue precisamente su plasticidad: su capacidad para modificar posiciones, incorporar sectores diferentes y adaptarse a cambios económicos y sociales. Esa flexibilidad le permitió atravesar etapas muy distintas de la historia argentina.
En su interpretación, esa capacidad se encuentra hoy limitada.
El politólogo sostuvo que el kirchnerismo buscó orientar al peronismo hacia una identidad más cercana a determinadas experiencias de la izquierda populista latinoamericana, generando una mayor rigidez ideológica que la que históricamente había caracterizado al movimiento. Al mismo tiempo, reconoció la existencia de dirigentes peronistas que no responden a esa matriz.
El desafío, entonces, no pasa solamente por renovar cuadros políticos, sino también por construir una actualización doctrinaria capaz de interpretar una sociedad y una economía que ya no son las de la industrialización por sustitución de importaciones ni las del Estado de bienestar del siglo XX.
Así como resulta inviable —señaló— imaginar un retorno a la Argentina agroexportadora de 1880-1930, tampoco parece posible reconstruir sin modificaciones el modelo económico que predominó durante buena parte de la segunda mitad del siglo pasado.
La pregunta para el peronismo será qué elementos de la experiencia actual conservaría, cuáles modificaría y qué propuesta podría ofrecer frente a esa nueva estructura productiva y social.
Del mapa nacional a un mundo en transformación
El webinar amplió posteriormente la mirada hacia el escenario internacional.
Las elecciones y transformaciones políticas de Brasil, Estados Unidos e Israel sirvieron para analizar hasta qué punto los cambios externos pueden condicionar la inserción argentina. Labaqui puso especial atención sobre Brasil, tanto por su importancia económica como por el vínculo bilateral y el funcionamiento del Mercosur.
También relativizó la idea de que América Latina esté atravesando simplemente una “ola de derecha”. A su juicio, un elemento más consistente de los últimos años es el rechazo hacia los oficialismos, con una elevada alternancia electoral en distintos países de la región.
Desde esa perspectiva, los triunfos de fuerzas ubicadas a la derecha o a la izquierda deben interpretarse también atendiendo al desgaste de quienes gobiernan y no exclusivamente como desplazamientos ideológicos homogéneos.
La discusión llevó además a revisar categorías como “derecha”, “izquierda” y “populismo”. Labaqui recordó que el populismo admite definiciones diferentes según las disciplinas y que, además de ser una categoría de análisis, forma parte de la disputa política cotidiana, generalmente cargada de una valoración negativa.
Por ello, advirtió sobre las simplificaciones. Existen derechas económicamente liberales pero conservadoras en cuestiones sociales; izquierdas intervencionistas en determinados aspectos y ortodoxas en otros; y experiencias populistas compatibles tanto con políticas promercado como con estrategias económicas intervencionistas.
El escenario contemporáneo exige, por lo tanto, categorías más precisas para comprender coaliciones políticas cada vez más heterogéneas.
La política que emerge desde las provincias
Otro de los fenómenos analizados fue la creciente desnacionalización del sistema de partidos.
Durante décadas, la política provincial argentina reproducía en gran medida la división nacional entre radicalismo y peronismo, con algunas fuerzas provinciales como excepciones. Ese esquema se ha debilitado.
Actualmente, explicó Labaqui, cada provincia desarrolla crecientemente su propio sistema político, con alianzas que pueden resultar completamente diferentes de un distrito a otro. Radicales, libertarios, dirigentes del PRO, peronistas y fuerzas provinciales pueden competir o asociarse de distintas maneras dependiendo del territorio.
Lo que anteriormente constituía una excepción comienza así a transformarse en una característica estructural del sistema.
Ese proceso obliga también a prestar atención a la calidad de las democracias subnacionales. Para Labaqui, una democracia requiere no solamente elecciones, sino competencia real, frenos y contrapesos y una posibilidad efectiva de alternancia. Cuando un mismo espacio permanece durante décadas en el poder y desaparece prácticamente la posibilidad de ser derrotado, la calidad institucional puede deteriorarse independientemente de la ideología de quien gobierne.
Una transición todavía sin respuesta definitiva
Hacia el cierre, Venesia volvió al interrogante que había organizado todo el encuentro: ¿hay en la Argentina una nueva dirigencia o todavía existen solamente nuevas personas ejerciendo el poder?
La respuesta de Labaqui evitó una conclusión definitiva.
La Argentina, sostuvo, atraviesa una transición, una de esas coyunturas críticas en las que las estructuras anteriores ya no alcanzan para interpretar completamente la realidad, mientras las nuevas todavía no terminaron de constituirse.
La transformación del sistema de partidos, la aparición de nuevos actores, el debilitamiento de las identidades políticas tradicionales, la modificación de la estructura productiva y territorial, la crisis del peronismo y la incógnita acerca de la perdurabilidad del proyecto libertario forman parte de un mismo proceso.
Todavía resulta demasiado temprano para determinar qué quedará después de esa transición.
La reflexión final recuperó la conocida formulación de Antonio Gramsci sobre aquellos momentos históricos en los que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.
Quizás allí se encuentre la síntesis del webinar.
La Argentina no permanece inmóvil. Sus estructuras económicas, sociales, electorales y territoriales están cambiando. Nuevos actores llegaron al centro del poder y otros, que durante décadas organizaron la representación política, enfrentan profundas crisis de identidad y liderazgo. Pero entre esa transformación y la aparición de una nueva dirigencia capaz de convertirla en organización, institucionalidad y proyecto de largo plazo todavía existe una distancia.
Por eso, la pregunta que dio nombre al encuentro permanece abierta. Y probablemente su respuesta no dependa solamente de quiénes manden en los próximos años, sino de quiénes sean capaces de construir instituciones, organizaciones e ideas que puedan sobrevivir al ejercicio circunstancial del poder.